Los muros que nos rodean… ¡caerán!

Friends of the Earth – Brazil

(traducido por Sinfo Fernández Navarro)

Los muros que nos rodean… ¡caerán!

Muro del Apartheid en Palestina, 17 de octubre de 2009. (Crédito: Glori Lorenz.)

Un muro se alza por el horizonte. Está allá, lejos, apartado de la mayoría de nosotros. Lo vemos apenas, creyendo que no forma parte de nuestra realidad. Pero no es sino una mera ilusión: todo muro es asunto nuestro, nos pertenece. Por ello es importante que entornemos los ojos para verlo mejor. ¿Qué es, después de todo, aquel muro enorme al final del paisaje? De lejos, hasta podría parecer un bosque, pero no es más que un mamotreto que no debería estar allí. Con su voracidad destruye el suelo, el agua, la vida en el campo. Convierte ricas tierras de cultivo en desiertos inhóspitos donde nada crece, tan solo el lucro de unos pocos. Las comunidades que allí habitan se han convertido en rehén suyo, pasando a depender de una única fuente de ingresos para satisfacer su deseo de una vida mejor, enfrentando la crueldad de los bancos o las balas de sus secuaces cuando rechazan ese proyecto. Muchos no pueden soportar la vista de ese muro que se alza sobre sus tierras y escapan del campo a la ciudad, donde otros muros pasan a aprisionarles. Y así es cómo podemos contemplarles en los monocultivos de eucalipto para la industria de la celulosa, en los extensos cinturones agrícolas donde la soja, la caña de azúcar y el maíz degradan nuestros paisajes diversos, en la quema de la sabana y la selva amazónica para conseguir pastos destinados a la cría de ganado, diezmando ecosistemas enteros con las comunidades indígenas y las quilombolas1 que allí perviven. Un muro de muerte se eleva por el horizonte y tenemos que ser capaces de derribarlo.

Un muro se alza al final de la calle. Aunque está justo allí, apenas lo percibimos porque estamos naturalizando los muros largos y altos de las ciudades. Erigidos por la especulación inmobiliaria, las grandes corporaciones, el Estado, partieron la ciudad y restringieron el acceso y el movimiento, afectando incluso a nuestros parques y ríos. Niegan el derecho a la ciudad a quienes no pueden pagarla, a quienes no buscan lucrarse con ella. A quienes solo quieren existir y disfrutar de una relación ciudadana con sus vecinos, sus coterráneos, sus amigos y colegas. Aíslan a las poblaciones y crean entornos artificiales de prosperidad y miseria que no se comunican, se ven y se oyen pero no se refuerzan mutuamente. Se apoderan del centro de las ciudades haciendo que estas sean inseguras, feas e impersonales. Podemos verlos en el muro que se levanta para encerrar la ampliación de un aeropuerto – y en la expulsión de una barriada entera, Villa Nazaré – en Porto Alegre, en los innumerables parques cercados por todo el país, en los condominios de lujo que ocupan áreas públicas de forma irregular y aíslan a las comunidades de sus bienes naturales. Un muro de exclusión se alza al final de la calle y tenemos que ser capaces de derribarlo.

Un muro se alza justo frente a nuestra puerta. Y lo que suceda a partir de ahí, se nos dice, no es asunto nuestro. Pero como es un muro, nuestro muro, es algo que también nos concierne. Y lo que sucede detrás de este muro es perverso y nauseabundo. Violencia, violaciones, abusos. Control, opresión, humillación. Posesión, atropello, locura. Mujeres y niños que sufren constantemente los trastornos del machismo, atrapados ​​en la violencia y el silenciamiento sistemático, la brutalidad y el control, cercados por un sistema patriarcal sostenido por el sistema capitalista y por un amplio pacto social escandalosamente injusto. Se engañan quienes piensan que ese muro es físico y que el problema solo se sufre dentro del hogar: aunque la gran mayoría de los casos de agresión se producen en ese entorno y sus autores son personas conocidas por las víctimas, ese sutil muro acompaña a mujeres y niños donde quiera que vayan. Hay miles de mujeres golpeadas cada quince segundos en Brasil, más de mil mujeres asesinadas tan solo por ser mujeres, e innumerables niños torturados durante su infancia por los abusos físico, sexual y psicológico de una sociedad que no da voz a su futuro y sustituye los juegos por el trabajo. Un muro de violencia se alza frente a la puerta y tenemos que ser capaces de derribarlo.

Un muro se alza frente a nuestros propios ojos. Un muro sutil, erigido por la indiferencia y el individualismo, fomentado por la cultura del capitalismo. Un muro que cubre nuestros ojos contra la desesperación de los demás, que se mueren de hambre y humillación a la vuelta de la esquina frente a bancos y mercados, implorando ayuda y reconocimiento con los ojos y las manos. Pero el muro que se alza frente a nuestros ojos los vuelve invisibles: ante cada uno de nosotros, ante las empresas, ante el Estado. Cuando los vemos, tan solo vemos problemas. Y los seres humanos permanecen invisibles, al igual que sus vulnerabilidades: hambre, enfermedad, inseguridad, desconfianza. Pero también con sus sueños robados y sus momentos ocultos de alegría. El aumento de la desigualdad social y el aumento de la población sin hogar hasta en un 100% en tres años en una ciudad como Porto Alegre ponen en evidencia lo que tratamos de no ver. Un muro de invisibilidad se alza frente a nuestros ojos y tenemos que ser capaces de derribarlo.

Un muro se alza en nuestras cabezas. Un muro inmaterial que impide nuestras interacciones, distorsiona nuestras relaciones y dificulta nuestra comprensión de nosotros mismos. Dispone nuestras ideas en cajas impermeables y nos aprisiona en las mismas acciones viciadas e infructuosas. Nos encierra en burbujas reales y virtuales, en las que solo decimos las mismas cosas, tenemos las mismas discusiones, nos reunimos con las mismas personas. Nos marca con la ansiedad, la depresión y la ira que nos afecta en profusión epidémica. Nos conduce a la locura, la apatía, la falta de convivencia social. Prohíbe el diálogo, polariza nuestras acciones y convierte el odio y la violencia en una opción política. Un muro de sufrimiento se eleva dentro de nuestras cabezas y tenemos que ser capaces de arrancarlo.

Sin embargo, el muro es una creación humana. Está sujeto, por lo tanto, al fracaso. Y si observamos lo suficientemente de cerca, veremos que ninguno de esos muros es lo suficientemente sólido, rígido y cohesivo: hay grietas en todos ellos. En cada grieta, alguien resiste ante esos muros. La resistencia que se muestra en las acciones, que son mucho más concretas que esos muros que se levantan contra nuestra voluntad: En los movimientos agroecológicos, de soberanía alimentaria y reforma agraria de base popular. En los diversos grupos y comunidades populares que se resisten a la gentrificación de las ciudades y gritan en voz alta que las ciudades también les pertenecen. En los innumerables movimientos feministas que proliferan por todo el mundo, en la fuerza de las mujeres que resisten la toma de sus cuerpos, mentes y corazones y continúan luchando en busca de mejores condiciones de vida y en pos de sus sueños. En las muchas iniciativas de inclusión social de personas en situaciones socialmente vulnerables, donde tienen la oportunidad de comer, refugiarse y relacionarse en solidaridad, incluso de descubrir un nuevo oficio. En los grupos de apoyo psicológico que dan la bienvenida a las personas y ofrecen un espacio para la conversación franca y el reconocimiento mutuo.

Cuanto más grandes sean los muros, más grietas tendrán. Si los muros nos rodean, debemos mantener la certeza esperanzadora de que caerán, uno a uno. ¡Mientras los pueblos sigan luchando, los muros caerán!


1 Las quilombola son comunidades de la población negra en Brasil. Las quilombolas han sido comunidades donde los esclavos fugitivos escaparon y organizaron la vida colectiva y la resistencia a la esclavitud.