Necroplítica, Migraciones y Unión Europea

Juan Hernández Zubizarreta

Necroplítica, Migraciones y Unión Europea1

 Frontera húngara.

La política migratoria de la UE (Unión Europea) tiene múltiples conexiones con el modelo de seguridad y de represión que aplica Israel contra el pueblo palestino. Los muros son una de sus expresiones más crueles. Muros para controlar, para ocupar, para excluir, para encarcelar, para militarizar, para colonizar, para expulsar, para asesinar, para hacer negocio. Muros como espacios sin derechos y muros como imaginarios de guerra contra las personas migrantes y contra el pueblo palestino.

Son muros terrestres, marítimos, fijos, móviles, que el modelo capitalista, heteropatriarcal y colonial expande como forma de declarar la guerra a los pueblos y de proteger a las élites y a las clases dominantes.

Además, existen muros simbólicos que penetran en forma de valores esenciales en el seno de la población europea: el miedo, el individualismo, el racismo y la guerra entre pobres son valores del poder corporativo y colonial que amplios sectores de la ciudadanía europea hacen suyos y convierten en pilares muy firmes sobre los que se edifican los muros a lo largo de la UE.

Por otra parte, en el actual contexto internacional, las prácticas de exterminio de numerosos pueblos, tal y como el Estado de Israel está actuando contra el pueblo Palestino, o la existencia de gravísimas vulneraciones de derechos humanos como las llevadas a cabo -de manera sistemática e institucionalizada- en el centro de detención de Guantánamo, deben vincularse con una nueva dinámica general, con un nuevo neofascismo emergente. No son hechos aislados y responden a una lógica global que configura, sin duda, “algo nuevo”. Son prácticas cada vez más articuladas, generalizadas e institucionalizadas.

En estos momentos, no resulta extraño defender que el autoritarismo extremo esté dando paso a un nuevo neofascismo donde la necropolítica: el dejar morir a miles de personas inocentes, racializadas y pobres; las prácticas racistas; los nuevos campos de concentración de pueblos y personas; las deportaciones en masa; los tratamientos excepcionales a determinados colectivos; la fragmentación de derechos según las categorías de personas; la criminalización de la solidaridad, la desobediencia civil y de la pobreza; la persecución de la disidencia; el agravamiento de las prácticas coloniales; los feminicidios de mujeres y disidentes de género a lo largo del planeta; las expropiaciones colectivas por medio del pago de la deuda externa; las expulsiones de millones de personas de sus tierras donde el nivel del mar se está “comiendo” la tierra habitada o las empresas transnacionales amputan sus recursos naturales etc. se convierten en regla y no en excepción. Hay una mezcla entre prácticas fascistas y totalitarias, que van transitando hacia un nuevo modelo neofascista.

Los muros construidos a lo largo del planeta no son ajenos a esta lógica de dominación.

Algunas ideas fuerza sobre el capitalismo actual: de los derechos humanos a la necropolítica

El capitalismo evidencia serias limitaciones para iniciar una nueva fase expansiva de crecimiento económico que genere un círculo virtuoso de productividad, rentabilidad, inversión, empleo y consumo. En este sentido, la propia OCDE (La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) pronostica un lánguido desempeño económico global hasta 2060, lo que refuerza la idea de que cada vez es más complicado reproducir el flujo del ingente excedente generado por un sistema financiarizado, sobrecomplejizado y desregulado, además en un marco de austeridad y grandes desigualdades estructurales.

Por otro lado, a los problemas del sistema económico para reproducirse se le une un segundo elemento generador de incertidumbre, que no es sino el gravísimo colapso ecológico en ciernes. Se trata, en palabras de Tanuro, de una catástrofe silenciosa provocada por el cambio climático y por el agotamiento de las tres fuentes de energía fósil sobre las que se ha asentado el patrón de desarrollo desde la Segunda Guerra Mundial: el petróleo, el gas y el carbón. Es decir, no hay planeta que pueda “aguantar” las fantasías de la globalización.

En definitiva, nos encontramos con una trilogía diabólica que atraviesa la crisis del modelo capitalista: estancamiento, deuda y desigualdad. Dicho en palabras muy simples, “la tarta no puede seguir creciendo y si se quiere seguir manteniendo la tasa codiciosa de acumulación por parte del capital, eso exige endurecer las prácticas contra los pueblos y personas”.

En este sentido, la guerra de los ricos contra los pobres y contra los pueblos ha sido declarada de manera unilateral y sin el objetivo de obtener una victoria a corto o medio plazo, es una guerra que se instala en un ciclo de larga duración. No podemos olvidar que la desigualdad no es un fenómeno aleatorio, es el resultado de una violencia estructural y simbólica –que enlaza con la pedagogía de la sumisión- que permite que las clases dominantes obtengan una ingente acumulación de riqueza, que les aísla de cualquier preocupación sobre el devenir de los pueblos y de la tierra.

Por tanto, el capitalismo es estructuralmente muy violento y pretende acaparar “mucho” en muy “poco tiempo”. Y ahí, las personas se convierten en una mercancía más, y por tanto, susceptibles de ser desechadas, lo que implica situar a la mercantilización de la vida en el vértice de la jerarquía normativa.

Explotación, expulsión y necropolítica

El mecanismo clásico del capital para apropiarse de la plusvalía sigue siendo la explotación de la mano de obra que se produce en el mercado formal y en el informal, y que mantiene la división sexual del trabajo, las cadenas globales de cuidados y el trabajo reproductivo realizado gratuitamente por las mujeres y que, ahora en gran medida, ejecutan las mujeres migrantes. El desempleo, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, de las pensiones, etc. son efectos permanentes del modelo neoliberal que sitúa la precariedad en el centro de las relaciones laborales. Por otro lado, esta explotación viene acompañada de fenómenos emergentes, como la trabajadora o trabajador pobre, un fenómeno que es habitual en los países empobrecidos, pero menos conocido en Europa.

El patriarcado se profundiza en la dinámica descrita. El Estado de Bienestar ha reducido las muy precarias políticas públicas de atención al trabajo reproductivo y al cuidado de las personas. Y esa quiebra recae una vez más sobre las mujeres. Además, como apunta Silvia Federicci, el patriarcado capitalista ofrece a los hombres el cuerpo de las mujeres como sustituto de la desposesión y la pérdida de poder que el modelo genera. Según esta autora, en el periodo de acumulación originaria, el capitalismo ofrecía a los hombres los cuerpos de las mujeres como contraprestación por la pérdida de la tierra y forzó a las mujeres a ocuparse de los trabajos del hogar, es decir, a reproducir la fuerza de trabajo como mandato “natural” no asalariado. Los feminicidios de Juárez, de Ciudad de México etc. se mueven en esta lógica.

El capitalismo también utiliza la expulsión como forma de mantener la tasa de ganancia del capital. Es lo que Harvey llama la desposesión o la acumulación por desposesión. Las empresas transnacionales usurpan los recursos naturales y la tierra como objeto de negocio y de mercantilización, es otra forma de obtener la plusvalía y mantener la acumulación de capital. Los pueblos y las personas son expulsados de sus casas y de sus tierras para generar beneficios en la agroindustria, en la minería, en las petroleras, en las eléctricas, en el turismo, etc. La adquisición de tierras a gran escala por parte de las corporaciones transnacionales destruye las economías locales y redefine vastas extensiones de tierra como lugares para la extracción y el negocio, lo que provoca espacios desnacionalizados que expulsan a sus habitantes.

Achille Mbembe considera que “la extracción y el pillaje de recursos naturales por las máquinas de guerra van parejos a las tentativas brutales de inmovilizar y neutralizar espacialmente categorías completas de personas o, paradójicamente, liberarlas para forzarlas a diseminarse en amplias zonas que rebasan los límites de un Estado territorial”.

La raíz colonial de las políticas económicas promueve el extractivismo y la acumulación de tierras, y fomenta, también, -en suelo europeo- la mercantilización de la vida que provoca la expulsión del mercado de trabajo, la pobreza y exclusión social, los desahucios y la pobreza energética. La expulsión por desposesión también tiene rostro europeo; es una lógica corporativa global que se expande a lo largo del planeta con diferentes intensidades y efectos.

El modelo económico capitalista está generando millones de personas que tienen que huir de sus casas y tierras por la imposibilidad física de subsistir. Son personas pobres y no tienen dónde ir. El cambio climático afecta especialmente a las mujeres porque, por lo general, son ellas quienes se ocupan de cultivar la tierra. De acuerdo a datos de Naciones Unidas las mujeres y los niños y niñas tienen 14 veces más posibilidades de morir durante una emergencia o desastre que los hombres.

Es decir, nos encontramos con personas y pueblos que sufren desplazamientos forzados que en ocasiones son de carácter temporal y provocados por terremotos, inundaciones, ciclones, etc.; aquellos otros que emigran porque el deterioro ambiental destruye sus modos de vida cotidianos y los desplazados y desplazadas por la destrucción total de su “hábitat tradicional” por la degradación progresiva de los recursos naturales.

No obstante, en relación a las personas desplazadas por causas generadas por el cambio climático, se corre el riesgo de diluir la responsabilidad de las mismas, -“son problemas del clima”- por eso conviene tener muy nítido que resulta muy difícil separar las diferentes causas -guerras, cambio climático, modelo de desarrollo extractivista y agroindustrial, prácticas de empresas transnacionales y gobiernos cómplices, acaparamientos de tierras, especulación alimentaria, etc.- que provocan los desplazamientos medioambientales. Las modificaciones climáticas no son ajenas a un capitalismo que extrema la presión sobre los ecosistemas, el agua, la tierra y la apropiación de recursos naturales, energía, minerales… lo que provoca daños irreparables sobre las personas.

El cambio climático también se vincula con la seguridad y los ejércitos y no con las personas. Se priorizan las bases militares, las zonas de alta actividad económica y las vías marítimas, pero como afirma Buxton, “Se habla poco de la necesidad de proteger a la gente vulnerable y no se habla de la justicia climática o de reestructurar nuestra economía para prevenir el cambio climático”.

La necropolítica es la tercera vía decidida por el modelo capitalista, que ya no solamente explota y expulsa, sino que deja morir a la gente. Como afirma Achille Mbembe “los dirigentes de facto ejercen su autoridad mediante el uso de la violencia y se arrogan el derecho decidir sobre la vida de los gobernados”. La violencia se revela como un fin en sí misma y se utiliza para discernir quién tiene importancia y quién no, quién es fácilmente sustituible y quién no.

En el Mediterráneo se está abandonando a las personas y en el desierto del Sahara, también. No podemos creer que los sistemas militares y de control de fronteras, no detecten las naves o embarcaciones que navegan clandestinamente. Y eso se llama necropolítica, dejar morir por falta de atención a quienes tienen hambre, o por falta de socorro a quienes se ahogan en el mar. Pensamos que en el Mediterráneo se están acuñando verdaderos crímenes contra la humanidad. Se abandona a quienes huyen de la guerra en territorios supuestamente de paz como es el Mediterráneo, y eso se acerca mucho a una nueva tipificación de lo que podríamos denominar “crímenes de paz”.

Por otra parte, se están produciendo verdaderos crímenes internacionales en una alianza perversa entre la economía criminal y la economía legal, entre la economía mafiosa que lava su dinero en la economía legal. Y se asesina a líderes y lideresas de los movimientos ecologistas, feministas, LGTBI, campesinos e indígenas, por liderar respuestas en defensa de su tierra, en contra de los grandes proyectos hidroeléctricos -300 activistas defensoras de DD.HH. asesinadas en 2017-, pero también se elimina a gente, simplemente porque son personas que al sistema económico le sobran. Las personas que supuestamente no puedan consumir o producir le estorban al sistema capitalista y se convierten en desechos humanos, tal y como afirma Bauman.

Las políticas criminales de Israel contra el pueblo palestino atraviesan todas y cada una de las categorías expuestas –explotación, expulsión y necropolítica- y contribuyen a consolidar sus prácticas coloniales. Por ejemplo, en los últimos 13 años, una media de un niño o niña palestina han sido asesinadas por Israel cada 3 días, lo que puede tipificarse como un verdadero crimen de lesa humanidad o genocidio contra la infancia palestina.

Sin duda alguna, los ricos y los Estados coloniales han declarado la guerra a los pobres, a las personas migrantes y a los pueblos, y, sin duda, los muros son elementos esenciales de esta guerra.

La Europa fortaleza

Que el sistema capitalista no necesite ya tanta gente no quiere decir que no vaya a seguir contando con mano de obra migrante, eso sí, va a ser una mano de obra cuyos derechos laborales van a ser profundamente desregulados. En determinados sectores como la construcción, la hostelería, las trabajadoras domésticas, los cuidados de las personas, se va a seguir contando con personas migrantes, – mano de obra barata y precarizada- para provocar una bajada de los salarios y de las condiciones de trabajo en un proceso -inducido por el capital y los gobiernos cómplices- de enfrentamiento entre gente explotada y entre gente pobre; entre nacionales pobres y extranjeros indigentes. Una “guerra” entre los pobres que favorece el capitalismo y sustenta el racismo y la xenofobia.

Por otro lado, el sistema va a mantener personas migrantes ubicadas en territorios de “no derechos”, como las fronteras, los aeropuertos, la venta ambulante, los invernaderos en el sector agrícola, las porteadoras en Frontera Sur o la prostitución forzada. En Europa, además, se están creando espacios sin derechos: Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) -que implican la reclusión de personas migrantes que no han cometido delito alguno-, redadas racistas, vuelos de deportación, personas con órdenes de expulsión o de devolución, campos de personas refugiadas, trabajo esclavo, niños abandonados en las calles, etc. Son limbos jurídicos donde además pueden coincidir europeos -el excluido interno-, con personas migrantes que vienen de otros lugares. Las cárceles son un buen ejemplo de ello: en el Estado Español 120 empresas emplean a miles de presos y presas sin apenas derechos laborales.

Por otra parte, están los campos de personas refugiadas, que son lugares para identificar, controlar y expulsar; campos donde las mujeres sufren agresiones sexuales, violaciones o violencia sexual por parte de sus parejas, familiares, vecinos, empleados de Ongs, y del gobierno y fuerzas de seguridad; son espacios que se sustentan en la frontera como un imaginario de guerra. Son verdaderos campos de concentración.

Y no podemos olvidar que la Franja de Gaza es el mayor campo de concentración del mundo. Donde en apenas 360 Km2 viven 1.500.000 personas de las cuales el 50% son menores de edad y el 80% viven por debajo del umbral de la pobreza.

Las líneas que separan el orden de la barbarie, lo bueno de lo malo y que invisibilizan el horror, para que la conciencia de la ciudadanía europea no vea lo que se está haciendo con seres humanos, con nuestros iguales. Las colonias son similares a las fronteras, ya que se encuentran, según el relato colonial, habitadas por “salvajes” y como afirma Mbembe “las colonias pueden ser gobernadas en ausencia absoluta de ley y proceden de la negación racista de todo punto común entre el conquistador y el indígena”.

En este contexto, los derechos de las personas migrantes sufren una triple reconfiguración. Por un lado, se desregulan en función de la explotación generalizada de los seres humanos y de los procesos de privatización. Por otro lado, se expropian en base a la acumulación por desposesión en un contexto colonial y, por último, se eliminan en función de un racismo extremo vinculado a la necropolítica de los seres humanos.

Resulta muy evidente que las instituciones globales y la mayoría de los gobiernos no sólo están eliminando y suspendiendo derechos, también están reconfigurando quienes son sujetos de derecho y quienes quedan fuera de la categoría de seres humanos y eso provoca una nueva etapa en la desregulación del sistema internacional de los derechos humanos. Todo ello tiene una profunda conexión con la lógica colonial y racista de diferentes derechos para diferentes categorías de personas.

No podemos olvidar que el racismo ha formado parte de las políticas occidentales y que estas políticas regulan la distribución de la muerte y han hecho posible, entre otros motivos, que las funciones represivas del Estado se legitimen. Se ha construido lo que Mbembe denomina la larga noche del mundo africano postcolonial.

Las redes contrahegemónicas de solidaridad

Afrontar los desafíos descritos en las líneas anteriores requiere construir espacios globales donde disputar la hegemonía al capital y donde reconfigurar el sistema internacional de protección de los derechos humanos.

La construcción de redes contrahegemónicas es un elemento central de la confrontación con el capital. La solidaridad internacional debe vincularse con la idea de construir agendas comunes contra el “enemigo común”. Es una idea basada en las “relaciones de ida y vuelta” entre los movimientos sociales y pueblos y en la anulación de los “cheques en blanco” entre los sujetos de transformación, es decir, de las prácticas acríticas entre los mismos. Hay que diferenciar el “realismo” en las relaciones internacionales de los gobiernos, de las relaciones entre pueblos y movimiento sociales. Y hay que poner en valor la idea de proceso y de horizontalidad y de mantener el equilibrio necesario entre un idealismo ingenuo y un realismo exacerbado.

Todo ello implica una concepción del Derecho Internacional radicalmente diferente a la “oficial.” Una perspectiva que se aleja de la diplomacia de los Estados y de los organismos interestatales. Hay que transcender los marcos estatales e internacionales en pos de nuevas relaciones basadas en soberanías entendidas como nuevos vínculos entre pueblos y comunidades. El Derecho Internacional y las relaciones internacionales no nacen y mueren en el Estado Nación ilustrado. Los pueblos, las comunidades y los movimientos sociales buscan ser sujetos y no meros objetos de derecho, buscan su espacio constituyente y normativo en el devenir de la humanidad.

La categoría de los Estados no puede ser por tanto el principio y el fin del Derecho Internacional, por lo que el protagonismo y el reconocimiento de los movimientos sociales y pueblos en resistencia deben ocupar el lugar que les corresponde, reconstruyendo formas de acción pública al margen de la visión tradicional del Estado.

Por otro lado, los derechos humanos no pueden desvincularse del telón de fondo en el que fueron aprobados: el capitalismo, el patriarcado y el colonialismo. Muchos de sus imperativos universales conectan con la emancipación y la resistencia de los pueblos, pero otros colisionan con la falta de empatía de otras categorías de derechos y de maneras de entender las relaciones humanas.

Los derechos humanos contrahegemónicos requieren por tanto de una nueva reinterpretación que responda a las propuestas de los movimientos sociales. Deben, a su vez, vincularse a un concepto fuerte de paz, que excluya la violencia física, estructural y cultural. Así, la dignidad de los seres humanos queda fuera de visiones coloniales, patriarcales y capitalistas, asumiendo las agendas propuestas por los movimientos sociales. Estas otras miradas basculan entre lo individual y lo colectivo, entre la naturaleza y la sociedad, entre lo inmanente y lo trascendente. También sitúan en el centro de las relaciones humanas, la sostenibilidad de la vida, la negativa a su mercantilización y al carácter patriarcal de los derechos humanos.

Todo ello requiere diálogos y narrativas comunes entre hombres, mujeres, movimientos sociales y pueblos del planeta, que permitan reconfigurar los derechos humanos en categorías alejadas de las lógicas estatales, siempre vinculadas al realismo en las relaciones internacionales. El feminismo, el ecologismo, el movimiento a favor de los derechos humanos, el sindicalismo, las comunidades indígenas y afrodescendientes, el movimiento campesino, anticolonial, etc., deben en este sentido establecer diálogos y convertirse en los protagonistas de una nueva configuración de los derechos humanos. Se convierten de esta manera en sujetos constituyentes de una nueva declaración sobre la dignidad de los seres humanos.

En definitiva, la protección de los derechos de los pueblos y de las mayorías sociales requiere transitar de la crueldad del modelo capitalista, colonial y patriarcal, hacia la reconfiguración y “tutela” popular del sistema internacional de los derechos humanos.


1La presente contribución responde a la intervención oral realizada en el marco de la mesa titulada “De Palestina a Ceuta: por un #MundoSinMuros” en la Contra-Cumbre G7 EZ en Hendaia, el 21 de agosto 2019.


Referencias bibliográficas